sábado, 26 de marzo de 2011

Manipulado

La generosidad de mente, que tan a menudo se presenta como una virtud, es en un segundo sentido la forma más pura de egoísmo; en el sentido de que capacita a la gente para alcanzar alturas denegadas a los míseros e intolerantes.

Temor a la pérdida y exaltación ante la ganancia son métodos de estímulo emocional que proveen excitación temporal (lo cual la gente ansía), y al mismo tiempo bloquean el camino a la comprensión más profunda.

Mucha gente es manipulada por otros, por sus propias ideas, por el entorno, hasta tal punto que a menudo no son conscientes de que haya ningún tipo de experiencia aparte de estas superficialidades.

El poeta persa Liwani ha ilustrado esta circunstancia en su versión de un cuento tradicional, tan ameno como instructivo:

Había una vez un hombre rico sentado al lado del sendero para comer y descansar en su camino de regreso a casa después de un largo viaje. Estaba disfrutando de la comida, pensando en sus ganancias, y contemplando con placer el momento en que llegaría a su hogar.




Mientras comía, un viajero llegó de la dirección opuesta. El comerciante lo saludó, y le preguntó cómo andaban las cosas en su ciudad.

-Todo está bien.
-¿Conoces mi casa? ¿Cómo están mi esposa e hijo?
-Sí, tu hijo está bien, y su madre prosperando.
-¿Qué hay de mi camello?
-Sano y satisfecho.
-¿Está mi perro guardando la casa?
-Como siempre, leal y esperándote.

Con la última ansiedad posible borrada de su mente, el mercader comenzó a comer con renovado apetito.

No ofreció nada al otro viajero, el cual pensó que quizá podía darle una lección.

Una gacela pasó corriendo, y el viajero suspiró profundamente.

-¿Cuál es el problema? –preguntó el comerciante.
-¡Estaba seguro que si tu perro no hubiese muerto, habría sido capaz de alcanzar a esa gacela!
-¿Mi perro muerto? ¿Cómo ocurrió?
-¡Comió demasiada carne de tu camello!
-¿Mi estimado camello también muerto? ¿Cómo ocurrió eso?
-Fue sacrificado para proveer la comida en el funeral de tu esposa.
-¡Mi esposa! ¿Cómo puede ella estar muerta?
-¡Ella murió de pena cuando tu hijo murió!
-¡Mi hijo! ¿Qué le ocurrió a él?
-¡Tu hijo no sobrevivió al derrumbamiento de tu casa!

Ante esto el mercader se levantó, hizo trizas su ropa y corrió llorando hacia el desierto.

Si el mercader le hubiese dado al viajero algo de su comida, no habría tenido que pasar por tan espantosa experiencia como es escuchar todos estos falsos informes. Por otra parte, se ha dicho que si no hubiese sido tacaño, no habría tenido la oportunidad de ver su propio comportamiento cuando se encontró con las “noticias” del viajero. Pero, si no hubiese sido tacaño, ¿acaso habría necesitado el tratamiento de shock que le dio la oportunidad de observarse a sí mismo?

Tomado de: Cuentos y enseñanzas sufíes de Idries Shah.

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