viernes, 23 de julio de 2010

La noche Huasteca es diferente a las otras.

En la Huasteca, la noche llega despacio. Noche sinuosa, precedida por un sinfín de curvas. Hay que girar en cada cerro y un poco más adelante, torcer el rumbo de nuevo. Para arribar a esta noche hay que trepar el camino. Los destinos y direcciones confunden, puedes creer que llegaste y no; es absolutamente necesario dar vuelta, hay que volver por tu mismo recorrido. Así hasta tocar tu lecho blando y oscuro en lo alto de la noche.

Mientras duermes, al final de un camino accidentado y pedregoso, y aún más allá, en lo alto de las entrañas de la tierra, ésta exhala veloces alas, negras de noche. No te percatas de ello. Acaso, en tu sueño, remontas a lo más alto de la montaña y de allí caes hacia el alba.

Muy de mañana, en el árbol más cercano a tu cuerpo hay una algarabía sinfónica, mientras la madrugada se despide besando tus párpados. Abres tus ojos con una bendición en tu pecho. Despiertas sin saber dónde estás, pero sin sobresalto.

Mañana de agua. Manantial del día. Musgo y piedras. Río de gritos, de ramas, de raíces.

De cara al medio día hay bocados impacientes en tu plato: bocoles, migadas, zacahuil, molotes, palmito, café. El chilpachole de acamayas de ayer es un recuerdo perenne. Mandarina en jugo. Y naranjas, enteras y en atole. Plátano frito. Atole de tamarindo. Cecina con empipianadas y enchiladas de un verde chile que puede abrir, afectivamente, tu consciencia y el entendimiento que hay cosas que sólo se sienten. Así. Sin pensarse.

Si subes el camino accidentado y pedregoso de esta noche, mientras la niebla comienza a lamer la montaña, te podrás percatar de un oleaje, alaje, aleaje que no le pide permiso al mar para remontar la entraña intensa, Huasteca penetrante que pisas, mientras te sostiene y alimenta. Donde duermes  y —a veces— sueñas que escribes.



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