martes, 19 de enero de 2010

Mis vacaciones

El sábado 19 de diciembre de 2009 tuve la fortuna de desayunar, intentar más bien, con Patricia —mi pareja—  me di cuenta de que algo me dolía en mi panza y no estaba relacionado con lo que había comido el día anterior. Además tenía hambre y mucha. No se necesita de estar iluminado para reconocer que algo no estaba bien. Así que me interné en urgencias. Gracias infinitas a Patricia por llevarme y acompañarme tanto.


Así entré…
(Pretty atornillated. I mean screwed)

Allí mismo, mientras esperaba la visita del especialista, me percaté de tres personas en la sala de urgencias. Una señora anciana que se quejaba amargamente de sed y que, por alguna razón, no le daban agua. Un joven menor a 30 años que llegó con impacto(s) de bala en su pecho. Un señor de color amarillo. Observé cómo estaba a punto de hacer drama y cuando tomé escala y relatividad de los sucesos, abundantes, me quedé callado y traté de gozar mi estancia allí lo más que pudiera. El asunto de salud que me llevó allí —una hernia umbilical encarcelada— era un día de campo. El gastroenterólogo me dijo que me debía de operar pronto. A mi pregunta de cuándo él me dijo: "Pues ya está aquí." Así que a relajarme.

Camino al quirófano le dije a Patricia: “El que quería otra forma de vivir el lunes 21”.

Ya en el quirófano y luego de todas las indicaciones de la anestesista sólo pedí el “pato” para orinar. Cruzó mi menta la idea de morir allí. Así que dije que "Luego de haber visto Avatar ayer (con Patricia, James, Grace y Ángel), en tercera dimensión y pantalla IMAX, ¿qué más le podía pedir a la vida?"

Luego de la intervención, que duró como 45 minutos, la anestesista, que podía ver la zona, me dijo: “Le quedó una cicatriz chiquita. Va poder usar bikini”. Ella no lo sabe pero muero por usar mi tanga.

Me trataron excelentemente. El menú de cenar, dieta blanda, me encantó. Patricia estuvo conmigo siempre. Luego vino James y Grace y Ángel, todas y todos compañeras y compañeros de de mi Escuela. Así que maravillosamente. 

Otro médico evaluó mi intervención y me dijo que fue hecha en el momento preciso. De ser después no hubiere sido sencillo ya que el intestino delgado podría haber estado comprometido. Y no hubiere sido un asunto de abrir, acomodar y cerrar. Sino de abrir, cortar, unir, acomodar y cerrar. Claramente una recuperación muy larga.

El trato fue de primera hasta que llegó una doctora de la aseguradora para decirme que debía pasar 24 horas hospitalizado para que el seguro de gastos médicos mayores pagara todo menos el deducible. Así que me quedé. Esas siete horas extra la atención decayó muchísimo: casi olvidan darme de comer, no limpiaron el baño ni cambiaron la ropa de mi cama. A final de cuentas al hotel, hospital, sólo le interesa ocupar sus camas con gente a quien le puedan extraer dinero.

James me tuvo en su casa dos días, los más duros de la convalecencia, para no subir la  escalera de casa. Recuerdo que la primera noche me peleaba conmigo mismo. Una parte quería ya estar bien y otra parte sabía claramente que no era así. Tocaba dependencia. Para el martes le ayudé a James a cocinar. Ése día Valeria, su Fairy solar daughter, y él me despidieron diciéndome: “Enférmate el año entrante para que te pases otros días con nosotros”. Se me inunda de lágrimas el centro emocional cuando escribo esto.

Ése martes Patricia vino por mí para llevarme a su casa. Mejor no hubiera estado. Cuidado y atendido: amado.

Para recuperarme Ángel me prestó una joya. No. Qué joya ni qué nada: un bálsamo en forma de libro. Me refiero a “Love poems from God”. Doce voces del oriente y occidente en torno a poesía mística.

Claro que no fueron las vacaciones que había planeado. Pero fueron justamente ésas y no otras: vividas tan intensamente como pude. Recuerdo las caras de los médicos. De los enfermeros. De las enfermeras. De los olores. De la temperatura. De mi cuarto. De los programas que vi en la televisión. Tengo memoria de la comida. Del quirófano. Estuve presente y tan aceptante como pude. No tenía ningún caso negarme a mi momento que era el único que tenía.

Así quedé…
(No sé dónde quedó el gorrito.)