jueves, 20 de agosto de 2009

Romanticuario



Doy fe de aquella tarde color mazapán, prosa de nubes, árboles, cielo. Epifanía de una carta escrita hace eones por una mano grácil que abre y cierra el suspiro vespertino de La Ciudad.

El abrazo crepuscular que recibí de la distancia interrumpió mis pasos.

Un vendedor me ofreció ruedas de mazapán. Sin dudarlo mis dedos buscaron y encontré una moneda. Le agradecí y el joven se alejó sin saber lo que le había comprado: una rebanada de aquella tarde que se brindaba sólo para mí.

Atento al poniente anidando en las copas de los árboles, abrí el papel celofán de mi golosina. Al dejar rodar en mi lengua su sabor, mi pupila recordó tardes de piel y labios, las que fueron todo manos bajo la lluvia, las que atardecieron en mi paladar.

Por un momento el cielo, mi boca y las nubes gozaron el mismo sabor sedoso, fui algo más que un transeúnte de la calle Ámsterdam.

Instante preciso: soy un mensaje escrito por una divinidad que abre su mano de luz... y la cierra: suspiro vespertino en la ciudad.

Soy el beso que la tarde anhela de mi boca.



Cómo tengo ganas de encontrarte a media avenida frente a tu casa y mi casa, en verdad: ¡cómo tengo ganas!

Suceso providencial: tú cruzando de un lado, yo del otro. Como sobre barcas nos aproximaremos hacia la misma isla delgada que es el camellón. Tú, hermosa emisaria del viento, estremecerás lo fijo del concreto al bajar tus finos pies. Tus pasos leerán la oración sólida y duradera que el camellón a mitad de camino canta. Sabrá que una Mujer de Xueves llegó a su centro. Yo me bajaré con respeto de mi embarcación, como quien ha cruzado un río a lomo de un elefante sagrado.

Una vez tus manos en las mías seré todo ojos todo labios. Tiempo desgajándose en un beso sostenido entre tu boca y mi boca. Instante palpitante. Corazón de medio día. Puente entre el rumor ribereño de la mañana y la duermevela de la tarde.

Una vez tus ojos en los míos, La Ciudad en tu sonrisa suspirará convencida que las mejores tardes son las que nutren las nubes, cuando los árboles perfuman de verde las calles aún enamoradas del agua.

Una vez tus labios en los míos, me consagraré en tu aroma de Mujer recién bañada: perenne y delgada, inasible y corpórea, juguetona y rebelde.

Mujer bien Amada, vecina del tercer piso; en el distribuidor vial caminaste acompañada por luminosos limones, bailadores en la tarima de tu agridulce son.



El Popocatépetl exhaló al medio día un sábado de ceniza.

Extraña invasora dentro de los hogares fue la ropa limpia, húmeda huérfana de tendederos, privada de la noticia del sol.

Lluvia seca, lluvia suave: sabia lluvia. Tiza del gis con que Dios trazó la cartografía estelar.

Entre mis manos y el cielo, entre la fuente de la glorieta y mi pecho, desciende, apacible, un hilo de ceniza como de arena. Es el escurrir de mi propio tiempo, constancia de mi vivir batiente. Continua aproximación a mi vida como hacia mi muerte.

Algún día seré una flor dispersa en un mar inmenso.

Probable momento para dejar de escribir
de existir.

Fin de semana como del mundo.

La ciudad también recibió un recordatorio de finitud.



Como cayendo viene el agua. El cielo, de pura nube y celeste escondido, tiene respuesta sorpresiva. Estos frescos días de evitar charcos o disfrutarlos cuando no hay más remedio, me tienen de contento.

Como descubriendo entre el agua de la sorpresa y la ausencia del sol, en las vías del tranvía del anhelo brotaron flores. Los trolebuses mugen al detenerse. Por la avenida transitan automóviles con nubes y niños. Triunfante, la neblina ha hecho de mi cama su guarida. Me subo de nuevo a la vida, asomo mi rostro por la ventana y respiro este aire de noche húmeda.

Como expresando mi enojo se derrumba la tormenta sobre La Ciudad. ¡Cómo obedece mi encomienda el granizo, qué eficaz! Hoy es mi quinta lluvia y el Jueves, Xueves, Llueves, Yueves se arroja desde lo alto como si no reconociera otro camino para poblar mis ojos.

Como escribiendo la respuesta imprevista, las letras al sol ausente y los charcos fotos de cielo, escribo Tu Nombre en la espalda de la mañana y descubro un poema nadando a besos en mi pecho.




Con la lluvia de mi lado fui a tu encuentro. La Ciudad desquiciada por un poco de agua, el golpe de la noche y todo el Xueves como un latido.

Con la noche en mi costado acudí al rumor de la lluvia en tu boca. Al tocar tu timbre abres los ojos de par en par: alas sonrientes, abracadabra de puertas y escaleras.

Con el Xueves en mis manos te subí en la noche, donde eres boca que llueve llueve: relampaguea. Clara noche, redonda en mi cintura. No revelé el intersticio de tus senos a la madrugada. Tus ojos como el refugio que niegas al rojo. Delgada luna tu rostro, en la quietud de tu almohada.




Contigo lo viví en la ciudad, anda en las plazas, sube a las copas de los árboles, canta siempre, escampa en el otoño, matiza las banquetas. De tu mano pasea por calles y avenidas. Me ha abrazado en un pesero y ofrendado un collar de besos en mi cuello. Hace cuerpo con el viento al empujar letreros en los andenes del metro. A veces, es viento que baila la bandera, ceñida al celeste altísimo, mientras el sol pastorea un rebaño de nubes. Está en el atardecer, es el arrullo del oleaje del tránsito citadino. En ocasiones es un grito de emergencia en la hora más alta y temprana: reclama un cuchillo de noche. Me aguarda disfrazado de día laboral en la ventana de mi pecho que doy a la nostalgia y no abro, se me vaya a ir el alma y se me deshaga
en el beso de tu ausencia
hoy
presente.





ostraneine:

Van a dar las once. Mi tiempo te extraña, yo cuento destellos. ¿Llamarás? Ya no te busco en los andenes del metro o si La Ciudad enfurece y se le antoja tumbarlo todo. En el anonimato del tren, una pareja ríe y se toman de la boca mientras sus manos besan.

Ninguna llamada anuncia las once y cuarto. Pongo atención a mi teléfono al salir del andén. Llevo mi antebrazo a la cintura, compruebo su silencio. Yo vibrando.

El mediodía habita en las calles plenas de truenos que revientan en flores amarillas y mis manos. ¿Cuántas veces te querré doler en el dolor de este duelo?, ¿a quién le intento probar qué?, ¿mi valentía?, ¿el tamaño del papel ya sin ti?

Pasan de las doce y no llamas, ¿te buscaré? No necesito marcar número para comprobar que mi buzón, antes de voz, gime en silencio. En pausas alargadas entre una estación del metro, el azul infinito de junio en celo y las ensordecedoras flores del trueno.

El convoy arriba a la estación, abre y cierra. Tanta distancia. El metro, mi corazón: hora que no llega.

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