jueves, 27 de agosto de 2009

Hay números en mi vida.



Hay números en mi vida, ciertos números —no sabes— cuya cifra guarda un significado especial: 5598-6621 cuando busco tu voz inmediata, tu voz como regalo de tu circunstancia, tu voz cruzando velozmente sombras.

Sin embargo, cuando quiero acortar la distancia, el número crece un poco: 0155-5598-6621 suspiro eléctrico interrumpiendo el ritmo somnoliento de la tarde. Tanto número en busca de tu respuesta. Es el ruido de la noche persiguiendo oscuramente, a escondidas, el rumor del alba.

Pero desde ayer sábado último de mes y hoy domingo primero, este número es un individuo inútil, terca paloma que vuela a ningún lado, que de pronto no supo dónde quedó la ventana de tu recámara. De nada sirvió insistir, esta vez la tarde y su noche acompañante cruzaron el cielo sin sobresalto.

Más allá de este número, ciego abracadabra, sólo hubo un tono y un mensaje manifiesto: “… el número que marcó está fuera de servicio…”.

Antes este número, como llave para entrar en otro mundo, cumplió su cometido. Su funcionamiento fue pausa obligada para respirar tranquilamente, para verificar afirmaciones, para reforzar negaciones.

Hoy no hay número que me comunique contigo.



He de confesar, que al marcar tu número y no obtener más que el mismo tono y mensaje insulso, me habita un gusto insano y cálido. Placer semejante al que descubro cuando sorprendo entre mis sueños a La Vigilia sentada a la orilla de mi cama, observándome con placidez.

Gracias a mi insistencia, ahora me imagino que has aprendido a modular tu voz y eres tú quien recita frente al auricular: “… el número que marcó está fuera de servicio…”. Es tu voz. Tu dulce voz.

Hay ocasiones en que, luego de colgar, rápidamente marco de nuevo tu número para comprobar el estado de silencio, tu silencio a pausas.

La contumaz paloma que de súbito se ha desorientado, ha decidido anidar en el montón de cables inconexos de mi olvido. Encuentra agradable ése sitio de desmemoria, ¿es que encontró algo que perdí deliberadamente?, por algo sus diminutos ojos brillan, negrísimos, al mirarme.

El lenguaje de mi paloma es de migajón y nueces. El mío es de lluvia y manos con dedos presionando botones y largas barras espaciadoras donde habita la paciencia y anida la esperanza. No entiendo sus misivas. ¿Cómo me hablará de mis silencios escondidos en esa maraña de cables?; ¿con largas miradas o breves pausas? ¿Cómo sabré de su aleteo confundiéndose con tu parpadeo?; ¿con vuelos suavísimos e inesperados o currucucús de insomnio?, ¿cómo preguntárselo siquiera?

Hoy mi paloma me sorprendió con una rama de olivo del día de mi olvido.




Noche oscilante, la Ciudad se estremece. Instantes de trémula quietud, de suspenso por miríadas. Fórmula de tiempo que la vida usa para interrumpir la rutina de millones de rostros. Pausa no ansiada: despertar.

Eres tú en el fondo. Pacífico corazón oceánico arreglando sus profundidades, los asuntos que sólo tienen que ver con tus abismos. Desde allá percute tu latido, entre una ola tuya y todos tus amaneceres. Allá, mucho más allá, debajo de una piel líquida, femenina y de sal oscura,

Mi paloma de viento y líneas telefónicas conoce el centro de ese gran corazón. Tanto que tu movimiento no alteró la dulzura de su quietud. Tanto, que aún cuando bajo sus alas el instante era tibio, alzó su mirada como su vuelo rumbo a tu ventana, en pos de noticias tuyas.

Corazón de abrazo marino: sé que tus altas olas pueden apagar de tajo sueños de mujeres y hombres de la costa, te pregunto: ¿quieres pulsar estas líneas?

Corazón de Lidia: aquí resuenas también.




Noches de invierno tímido y cielos fríos. Desde lo alto, Orión me nombra y su llamado habita mi cabeza.

Las estrellas no son otra cosa que la ruta imaginaria donde transita a su capricho una diosa perenne y olvidadiza que se levanta tarde los fines de semana y gusta de jugar las canicas en los cielos de noviembre. Deidad cuya risa de piña rebana el sol en carcajadas. Única deidad que nació al amparo de una noche de luna plena al canto del río que sólo sabe de mariposas.

Las estrellas no son otra cosa que la cartografía que mi Alma recorre en noches de cielo y corazón abierto, a través de la cabellera oscura de la galaxia: larga e inverosímil.

Las estrellas no son otra cosa que luces de poblaros distantes que festejan la otra orilla de la noche. Donde siempre es dos de febrero. Son melodías bullangueras que salpican a quienes sueñan la noche.




Dejé mi paloma reposando en la Ciudad y me dirigí al encuentro del campo y la Fiesta. Anhelaba otro fluir, respirar el fervor religioso que pasean y vitorean en el río. Despertar bajo otro cielo.

En tu pueblo natal descubrí que la madrugada está hecha de un azúcar morena y nocturma. Allí me acompañó tu hermano el río hasta llegar a un pueblo donde todo es fandango, donde la alegría no es un milagro sino un manjar sin estación.

Desayunando cerca del Retorno de las Gaviotas, hice migas con un espíritu de grandes alas claras, todo vuelo y corazón, cuya memoria juguetona surca la parte de mí que dejé en espera del temporal. Esta gaviota, epifanía del cielo y del río, escondió varios mensajes para ti entre las mañanitas, flores dulces que sólo nacen al amparo del alba, en el patio de la casa de tus abuelos.

Logré reunirme con el río que creí que solo de noche y en mis sueños hablaba. Respiré la plata que dibujan las embarcaciones cuando lo acarician. Desperté con un gran árbol danzante en mi pecho, todo pájaros, cantando en mí.

De regreso en la Ciudad, le canto a mi paloma un rumor de travesía ribereña y sus ojos se anegan de un piélago azul, como sólo hay en mis sueños.

Mis ojos guardan un resplandor lejano, es el verdor crepuscular del cañal que en la noche se le prende fuego: mi zafra está próxima.




Al final tuve que viajar todo este tiempo reunirme conmigo. Allá, en la otra orilla de mí mismo, donde me abandoné frente a mi naufragio.

Formé cuerpo en mi torrente pluvial. De esta era caudalosa recuperé mis manos y con ellas todo lo que he escrito.

Obtuve abrigo entre la neblina del bosque, mi nombre estuvo en cada rama, donde el verde es aroma y flor. Fui nube suspirada por el viento. Luna y sol me acariciaron como a un igual. Crecí.

Mucho antes de conocerte, mi paloma mensajera me dedicó su terquedad llevándome mensajes de encuentros, nostalgias y renacimientos. Tres elementos fueron sólo permanencia en su recurrente lenguaje alado: Ubicación, Búsqueda, Revelación.

Nuevamente lluvia soy.




Algún día —como alguna noche— habré de leer en voz alta los textos que te he escrito. Ésos que pasearon en tu librero, tus favoritos, los que cantan en la claridad de tus manos, los que navegan hondo en el agua indómita de tu mirada.

Entonces mi voz será transportada por un grito de noche. Mi voz capaz de romper distancias y quebrar reflejos. A través de potreros, linderos de piedra y llanos, cruzando vías del ferrocarril y tranvías, después del lago, mucho antes del asfalto que me une y separa de ti, me escucharás como si te hablara al oído, como una llamarada que penetra desde el cableado telefónico, como un abrazo de piel y labios.

Abrirás los ojos y una marea inusitada de nubes inundará tu dormitorio. A esa hora de lo eterno, mi paloma pertenecerá al azul de la mar, embelesada de tanto cielo. Será un arrullo de agua rumorosa, campana marina, navío con velas hinchadas de besos, amanecer de las bocas entregadas al amor no dicho de las palabras que se escriben de una buena vez y desde siempre.

Marcarás un número.

El viento será el único testigo.

Quiero estar al otro lado de la línea para responder.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los números, tan correctos como el hambre y el diablo (dice la canción), y a veces no hay tono, y a veces no hay línea, pero nunca hay "cosas insignificantes" …me refería en el post de Amelie, como algo tan amm (con insignificante me refería a "aquellas pequeñas cosas" como las cita Serrat) te hacen llorar cuando nadie te ve… hablas de "al otro lado de la línea" y pienso en como 0's y 1's parte del lenguaje binario convierten tu voz en pulsos electrónicos que a su vez son interpretados y emitidos al otro lado de tanta cosa por un decodificador hasta el oído de quien esperamos escuchar al otro lado del teléfono... a través de las siete de la noche y de aquellos panes recién salidos de algún buen horno de piedra, a través del viento de la esquina que guarda celosamente aquel aroma de quien no contesta ahora...
Saludos desde Comala Alejandro.

loboPoeta dijo...

Anónimo de Comala:

Me encanta tu comentario. Y el hilo conductor del mismo a través de la música, de Amelie...

Me quedo con tu comentario así que hasta aquí escribo.

Salut!