martes, 17 de marzo de 2009

Mar y meses

Octubre.

Inicio esta bitácora con una oración marina, la que cantan los viejos lobos de mar, la que aprehendí de mi abuelo el día que no regresó de la mar. Me lanzo al encuentro mar con valor y fortaleza. Son un hombre y me concentro en mi labor. Voy confiado de volver pronto y bien. Avanzo y tengo en mi memoria la embarcación abierta de la sonrisa de mi padre.

 

Noviembre.

He pescado tiburón y ya me anda por saborear unos buenos tacos de casi cualquier animal de cuatro patas que camine. Echo de menos unas quesadillas de queso con salsa verde guisada. Y eso que antier recién apenas cumplí tres semanas de haber dicho hasta luego en la playa bendita de mi niña.

 

Diciembre.

Se descompuso el motor esta pendejada y sin refacciones suficientes ando sin rumbo. Sin rumbo cierto. O con el rumbo del capricho del viento que viene siendo lo mismo. ¡Mierda, qué chingadera! Adiós a los tacos por no sé cuánto…

Mal dicen por ahí que uno como hombre es siempre fuerte e inmutable. A mí eso no me pasa (solo ella, el mar y tú ahora lo saben). Nomás no me veo como roble. Nomás veo sus pechos como duraznos vivos y quiero quedarme ahí para toda la vida, extraviado en su cuerpo de palmera, sin olvidarme de sus nalgas donde la redondez del mundo recobra sentido cuando las acaricio. Pero no. A veces no puede ser así. Pensando en ella, me santigüé aquella mañana con la primera espuma brotada de mi bogar. Hoy, con esta luna llena, tengo la mitad de luz del plenilunio de su pecho.

 

Enero.

Vientos locos. La panga se columpia en la espalda de este animal enfurecido azul gris inagotable y que, a cierta hora de la noche, lo confundo con el cielo.

Me mareo, vomito lo poco que he comido, pierdo piso, fondo. Gritaré. ¿Gritaré?, ¿quién me escuchará?, ¿habrá alguna diferencia? Me he amarrado a la panga por si una ola me tumba pueda salir a flote. Lacera la distancia esta soga.

 

Febrero.

Quien dijo que no sólo de pan y agua vive el hombre no supo lo que es vivir en este líquido desierto, con este sol encima. Hace días o lunas qué más me da, dejé de marcar la cubierta. Nadie sino este sol greñudo me acompaña desde lo alto. Mi piel es cada día más morena, más salada, más soleada.

La otra vez, no sé si ayer, soñé con que el viento soplaba despacito y firme y pronto me devolvía a la bahía de los besos de mi niña y sus manos. Sus benditas manos. Esa noche dormí con la ilusión de la caricia de la flota cerquera de sus dedos en mi espalda. Amaneció y las nubes eran alargaditas como sus cejas. Todo un mar de contento me embriagaba. Pero no. Esto no sé para cuándo termine. Ni yo mismo.

 

Marzo.

Ya van varios días o semanas, tal vez, que llueve y llueve. Miles de gotas golpean al unísono mi cabeza. Ensordezco a ratos con lo único que puedo beber de este llanto perenne que no es mío.

Flaco, en las costillas, mi cuerpo tiene ahora mucho de embarcación. Hasta mis huesos han dejado de ilusionarse con un mañana. Los peces que por hastío busco y trago ignoran Tu nombre.

Tu nombre… ¿Es que alguien me nombra? Estoy en el fondo de un  miasma triste y aplastante. Sobrevivo extrañamente en la superficie. Dios no lo sabe, pero hoy me dibujó mal, me tiene justo en el lado equivocado de la línea de flotación.

 

Abril.

Una insinuación aparece como un barco a lo lejos. Apenas. Delgada uña blanca en este azul insoportable. Espejismo. Nube olvidada en la superficie. Pero no. No puede ser así.

 

Mayo.

Mi madre enferma. Sin noticias mías. Imagina que sufro. Solo yo sé cuánto. Muere sin noticias. A penas y apenas de mi Padre tengo recuerdos borrosos... ocurrencias que me he venido contando y recontando. ¿Es este mes es el cumpleaños de mi niña? ¿Ya pasó? ¿Descansaré?

 

Junio.

Hoy desperté con el sol en mis ojos, imaginé que había encallado en una playa de noche y la luz enceguecedora era de un faro protector, macizo, bien firme en la costa. Y no. No veo la hora de llegar a la tumba azul de mis sueños, allá, abajo, en el fondo oscuro y mineral. Yacer por fin como un ancla delgada y exhausta.

 

Julio.

Negra fría: trágame. Nomás no me veo como roble. Te cambio por este calor azul inmenso. Quiero ser sólo agua.

 

Agosto.

Paradójico. He llegado. No recuerdo. ¿Estás? ¿Dónde? ¿Voy?


Nota periodística de El Universal aquí.

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