martes, 17 de febrero de 2009

En la estación de la avispa.

Se despidió de ella en la estación de la avispa. La picó con un beso. Un beso cómplice, un beso público, un beso para que le durara todo el fin de semana.

Habían despertado abrazados. El juró que ella había conjurado la noche y por ello demoró el día en llegar. Pero el tiempo de los amantes es esencialmente injusto. Y el día hizo su presencia en el canto de unas aves todas nuevas, como aquel día, como ésas manos hijas de la presencia tibia que a su lado se removía.

Concientemente o inconscientemente –¿qué más da?-, ella olvidó en su cama un recuerdo de la breve intimidad que cubrió su sexo. Prenda atesorada. Oxígeno respirable.

¿Cómo? ¿sobreviviría? ¿el fin de semana? El espectáculo, sí, el show de nieve y payasos alternativos, teléfonos del tamaño de una sandía, camas con sábanas bailando como velas. El espectáculo sí, pero whatever –se dijo a sí mismo- todo la nombra, todo confluye en un recuerdo más grande que lo que le rodea y lo conduce a ella…

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