lunes, 1 de diciembre de 2008

Maltrato y perversión

Son muchas las personas que afirman estar horrorizadas por los actos de perversión cometidos por los soldados estadounidenses contra los prisioneros iraquíes. Yo no he oído nunca que se haya producido una reacción semejante en respuesta a los intentos esporádicos de denunciar prácticas similares en las escuelas británicas y estadounidenses. Allí, dichas prácticas se presentan bajo el membrete de "educación". Pero la crueldad es la misma. El mundo parece estar estupefacto porque semejante brutalidad haya asomado la cabeza entre las fuerzas estadounidenses. Después de todo, Estados Unidos se presenta a sí mismo ante la opinión pública internacional como el guardián de la paz mundial.

Hay una explicación para todo esto, pero casi nadie quiere oírla. Definitivamente, ha sido bueno que se haya arrojado luz sobre la situación y que los medios de comunicación hayan desenmascarado esta mentira tal y como es. Básicamente, la historia viene a ser la siguiente: nosotros somos una nación civilizada y amante de la libertad y llevamos la libertad y la independencia al mundo entero. Siguiendo esta consigna, los estadounidenses entraron por la fuerza en Irak, con devastadores resultados, y siguen insistiendo en que están exportando valores culturales. Pero ahora resulta que junto a sus bombas y misiles, los soldados, bien entrenados y elegantemente vestidos, portan un enorme arsenal de rabia acumulada, invisible desde el exterior, invisible para ellos mismos, oculta en lo más profundo, pero inequívocamente peligrosa.

¿De dónde viene esa rabia reprimida, esta necesidad de atormentar, humillar, escarnecer y maltratar a seres humanos indefensos (prisioneros y niños por igual)? ¿De qué se están resarciendo estos soldados aparentemente tan duros? Y ¿dónde han aprendido esta conducta? Primero, cuando eran niños pequeños y se les enseñó obediencia por medio del "correctivo" físico; después, en la escuela, donde fueron el objeto indefenso del sadismo de algunos de sus maestros, y finalmente, en su etapa de reclutas, en la que fueron tratados como basura por sus superiores para que pudieran finalmente adquirir la muy dudosa habilidad de aceptar cualquier cosa que se les imponga y dar la talla de "duros". La sed de venganza no surge de la nada. Tiene una causa claramente identificable. La sed de venganza tiene sus orígenes en la infancia, cuando los niños se ven obligados a padecer en silencio y soportar la crueldad que se les inflige en nombre de la educación. Aprenden cómo atormentar a otros, primero de sus padres y después de sus maestros y superiores. No es nada más que una instrucción sistemática por medio del ejemplo sobre cómo destruir a otros. Y sin embargo hay mucha gente que cree que eso no tiene consecuencias nocivas. Como si un niño fuera un recipiente que se puede vaciar de vez en cuando. Pero el cerebro humano no es un recipiente; las cosas que aprendemos en las primeras etapas de nuestra vida permanecen con nosotros en la edad adulta.

En mi último libro, The Body Never Lies, señalaba que en 22 Estados de esta nación los niños y adolescentes pueden ser golpeados, humillados y, a veces, estar sometidos al más claro sadismo sin que esto tenga ninguna consecuencia legal. Un trato así es equivalente a la auténtica tortura. Pero no se le llama así. Se conoce más bien con el nombre de educación, disciplina, liderazgo. Estas prácticas son activamente respaldadas por la mayoría de las religiones. No hay protestas contra ellas, excepto en algunas páginas de Internet. Pero Internet también está llena de anuncios de látigos y otros artefactos para castigar a los niños pequeños y hacerlos temerosos de Dios, para que Dios los apruebe y les conceda su amor. El escándalo de Irak muestra qué es de esos niños cuando alcanzan la edad adulta. Los soldados pervertidos son el fruto de una educación que inculca activamente la violencia, la vileza y la perversión a los más jóvenes. Los medios de comunicación citan a expertos en psicología que sostienen que la brutalidad mostrada por los soldados es la consecuencia del estrés causado por la guerra. Es cierto que la guerra desa-ta la agresividad latente. Pero para poder desatarla es necesario que esté allí previamente. A las personas que no han estado expuestas desde muy temprana edad a la violencia, bien sea en casa o en la escuela, les resultaría imposible maltratar y escarnecer a prisioneros indefensos. Sencillamente no podrían hacerlo. Sabemos por la historia de la última guerra mundial que muchos soldados fueron capaces de mostrar un rostro humano, incluso en el estrés de la guerra, si se habían criado sin contacto con la violencia. Muchos relatos de la guerra y de las condiciones en los campos de concentración nos dicen que incluso las situaciones más extremas de estrés no convierten necesariamente a los adultos en seres pervertidos.

La perversión tiene una historia larga y oscura, invariablemente enraizada en la infancia del individuo. No es sorprendente que estas historias se oculten generalmente a los ojos de la sociedad. Las personas a las que se enseñó a obedecer infligiéndoles violencia tienen buenas razones para rehuir el recuerdo de los sufrimientos padecidos en la infancia y tomar medidas de precaución para que los hechos suprimidos para siempre no salgan jamás a la luz del día. Muchos prefieren someterse a flagelaciones en clubes sadomasoquistas, de las que afirman disfrutar, en vez de preguntarse a sí mismos por qué se entregan a tales perversiones. En nuestra sociedad sigue predominando el culto al inconsciente. No es cierto que todos llevemos dentro la "bestia", como afirman algunos expertos en psicología. Solamente las personas que han recibido un trato perverso, pero niegan este hecho, buscarán chivos expiatorios sobre los que puedan descargar inconscientemente esta rabia, contando en las entrevistas que lo hicieron "sólo por divertirse" (exactamente lo mismo que podrían haber declarado los "inocentes" padres que los maltrataron). O se destruyen a sí mismos tomando sustancias que alivien su dolor. Los niños, naturalmente, son incapaces de soportar el dolor de verse convertidos en víctimas ni de comprender que se está cometiendo un delito contra ellos. Pero cuando son adultos pueden aprender a identificarse con el niño herido y, al hacerse conscientes, se pueden liberar a sí mismos (y al mundo) de la "bestia" que llevan dentro.

Este artículo apareció en El País.

Alice Miller, filósofa y psicóloga suiza, es autora, entre otros libros, de Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño y El saber proscrito (Tusquets Editores). Traducción de News Clips. © Alice Miller, 2004.

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