lunes, 24 de noviembre de 2008

“… Así las cosas”

“… Así las cosas”. Terminó de decir con un tono de desahucio la persona que hablaba. La persona que escuchaba se sintió invadida por un cansancio descomunal sobre su espalda. Se quedó con un mal sabor de boca. Había crecido en una familia donde el respeto entre sus integrantes era práctica cotidiana. Se retiró con un mal sabor de boca. Y ahora con un dolor. Un dolor sordo. Como cuando hay algo que se sabe está mal. Muy mal. Se retiró con un mal sabor de boca. Y un dolor.

“Usted no sabe lo que es que una persona, valiéndose del puesto que tiene, quiera propasarse con uno. Quizá pudiera entenderlo ¿lo entiende usted? Lo dudo. Nunca sabrá lo que es vivirlo en carne propia. ¿Tiene usted familia propia? ¿Hijos tal vez? Veo que guarda silencio. Así como le he dicho sucedió. Tal cual. Me llamó a su oficina y ya tenía todo listo. Quería que le chupara su… miembro… su cosa esa fea”. Comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza. No era el calor. Tampoco el tráfico. Era la imagen que se había formado para tratar de entender el suceso narrado apenas hacía unos minutos. Retumbaba su cabeza. Su propio pulso concentrado en el tum-tum como un badajo sonaba y resonaba en su cabeza.

“Así ha sido. En mi lugar de origen era común ver que a las mujeres casadas sus maridos, parejas o ¡qué se yo! les pegaban. Les daban duro. Recuerdo esas pláticas de las mujeres del pueblo. Fue en mi infancia. La cantaleta era la misma entre las mujeres: ¿No te pega tu marido?: señal de que no te quiere. La verdad uno no sabe hasta qué punto ésas escenas se le van metiendo a uno en la cabeza. Como una gota que poco a poco horada hasta la roca más dura. A primera vista parece falso o torcido. Pero es así. Años y años. Viendo golpizas o escuchando hablar de ellas. Son pláticas que se repiten. Como discos rayados. Una y otra vez. Pues mínimo a uno lo hacen dudar, ¿no?”. Mientras seguía recordando buscó una farmacia y entró. Decidió comprar una botella de agua y un analgésico. Le costaba trabajo pensar. A su paso volteaba y veía las personas transitar frente a la farmacia. Le costaba trabajo pensar y admitir que la violencia —esa violencia— estuviera tan enraizada. En su infancia sus padres le prohibieron ver escenas agresivas o violentas en la televisión. Aprendió a distinguir las películas violentas de todas las demás que se exhibían en la cartelera del cine. Si su juicio fallaba inmediatamente abandonaba la sala en silencio. Y se lo contaba a sus padres. A medida que crecía escogía cuidadosamente a sus amistades. Siempre evitó compañías agresivas. Nunca mató una mosca. Se rodeó de gente pacífica y adorable. Fundó su propia organización en la universidad a favor de causas pacifistas.

“Por alguna razón extraña llovían en mi oficina personas con historias semejantes a la mía. A ésta que le acabo de confiar. Atraía confesiones. Porque esto se quedará entre usted y yo ¿no es así? Era una especie de imán. Atraía confesiones. Verdaderamente penosas. Eso era repasar mi herida. Una y otra vez. A veces me llenaba de rabia. Amanecía de mal humor. Todo me parecía repugnante. Estaba llena de rabia. Personas allegadas a mí me ofrecieron ayudarme. Hacer una denuncia y esas cosas. Lo prohibí. Y es que nadie, nadie, nadie sabe de la gran exposición a la que uno se somete cuando abre la boca para hablar de… estas cosas. ¡Me da vergüenza que usted me oiga! Porque no importa el tamaño del dolor en estos asuntos no le creen a uno. Aseguran que uno provoca estos sucesos ¿usted cree? A ver. Dígame la verdad o… al menos su opinión. ¿Cree que uno no tiene nada qué hacer y por ello inventa estas historias? ¿Con qué fin? Mi tiempo libre lo ocupo en otras cosas. ¿Qué cómo me siento? ¿Esto es una broma? ¿Está considerando la gravedad de lo que le digo? ¿Cómo se sentiría usted ante un abuso como este? ¿Me está poniendo atención?…”.

¿Quién paga por los pecados del hombre?


viernes, 7 de noviembre de 2008

…y ¿qué pasa con los hombres? ¿…después de la liberación femenina?


Más que una reseña el presente es una mirada que quiere ser profunda a lo que resuena en mí luego de haber leído el libro. Siendo yo un apasionado de las lecturas relacionadas con sexo y de temas de género leí el libro en dos meses. Parte por mis actividades en ese entonces y otra por permitir que el libro se fuera sedimentando en mí. Como cuando preparo un pastel y sabe mejor al otro día. Algo así.

Regresando al libro voy a citar dos fragmentos iniciales del capítulo siete:

“La acumulación de evidencias introducidas en los capítulos anteriores suena como un juicio fatal para el hombre: la liberación de las mujeres y su obtención de iguales derechos; su nueva determinación de competir y lograr cosas; su conquista de poder e independencia económicos; el aumento acelerado de la población y el agotamiento de los recursos naturales; la contaminación ambiental y la creciente preocupación por las repercusiones a más largo plazo de las iniciativas científicas y tecnológicas; la creciente redundancia del hombre en sus roles tradicionales; la reducción de sus perspectivas en ocupaciones no creativas ni gratificantes… etc. Todos estos factores —y otros no mencionados, como el ocaso de la autoridad patriarcal y paterna— sugieren que el hombre ha sido últimamente avasallado por la marea de los acontecimientos, y que las imprevistas consecuencias de sus empeños del pasado están ahora recayendo, lamentablemente, sobre él.

Por otra parte, todo ello puede significar que el varón ha completado su programa y ahora simplemente está volviéndose obsoleto. Si una especie llega al término de su potencial evolutivo, no hacen falta más mutaciones genéticas y por lo tanto ya no es necesario que existan dos sexos. Al perder los géneros la necesidad de diferenciación polarizada de roles y hacerse cada vez menos distinguibles uno del otro, dejan de ser complementarios y empiezan a competir entre sí por la supervivencia. Y no cabe duda cuál está condenado a perder. En ‘la batalla de los sexos’, el macho ahora está siendo forzado a abandonar el terreno al que se había aferrado durante varios milenios. A medida que pierde su sentido de identidad genérica, ¿existirá alguna forma meritoria y digna en que pueda justificar el seguir existiendo?”


Me doy cuenta de que elijo un par de párrafos poco alentadores. Estimo que es fácil leer en el libro un toque poco alentador. Ello no le quita el que sea revelador y radical. Al leerlo por completo —repasando algunas secciones— y quedarme con ganas de releerlo me quedo con varias inquietudes. Las despliego a continuación sin ningún orden en particular y sin pretender agotarlas.

1. Necesito replantear URGENTEMENTE mis relaciones afectivas y erótico-afectivas con mujeres en general.
2. Estar más consciente y sensible a situaciones de competencia en las que esté involucrado.
3. Me siento anacrónico por haber pensado en casarme con quien fue mi chica Dominicana. Por ello desecho la idea de casarme.
4. Reafirmo mi gana de no tener descendencia. Esta ratificación está íntimamente vinculada con la inquietud anterior.
5. Ratifico la autonomía llena de disfrute individual que he conseguido a mis 44 años.
6. Estoy planteándome seriamente la posibilidad de dormir solo la mayor parte de lo que me queda de vida sólo acompañándome cuando desee tener relaciones sexuales.
7. Investigaré qué tan diferente es una eyaculación provocada por masturbación comparándola con la obtenida producto de una relación sexual. Esta investigación está estrechamente vinculada con mi inquietud anterior.

Invito a leer el presente especialmente a hombres. Mayores datos del mismo aquí. Y que la fuerza nos acompañe… mientras queramos.

Última lectura:

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Gabriel García Márquez - 100 años de soledad.