martes, 23 de septiembre de 2008

Hildra y Tomás

Esa noche cuando Tomás se sentó frente al volante de su camión, le pidió a Dios el favor de llegar con bien a su destino. Le apasionaba conducir grandes vehículos. Ésa semana laboró en el tercer turno. A sus 49 años poseía una vista privilegiada y le daba gusto presumir que podía conducir de noche sin esforzarse: “Yo no tengo la vista cansada…” no se fatigaba de repetir a quienes le hacían algún comentario alusivo. Su próxima parada era la Terminal de autobuses del norte.

Tomás era divorciado. Se supo que tuvo varias novias pero no encontraba ninguna compañera con quien durara más de un año. “Estos tiempos son otros” solía decir al suspirar. Lo que no sabía es que esa madrugada estival se encontraría con la hembra de su vida.

Desde el día anterior Hildra estaba harta. Fastidiada de la comida y del aislamiento en el que se encontraba hace varios meses. Tenía 45 años. No había querido probar alimento. Ni los cacahuates japoneses sabor limón -sus favoritos- habían logrado levantarle el ánimo. A su edad era una virgen monumental. Lo que ella igualmente ignoraba es que poco después de la medianoche encontraría al hombre de su vida.

En la mañana del martes 23 de septiembre los periódicos de La Ciudad de México y del mundo equivocaron terriblemente la noticia de una colisión. Nadie supo que una antiquísima ceremonia del hinduismo siempre reúne a las almas gemelas de dos seres que están destinados a encontrarse toda la vida. Inclusive a costa de sus vidas. No importa si uno es un ser humano y la otra una elefanta. El amor jamás es poca cosa.

Nota en El Universal.

No hay comentarios: