martes, 30 de septiembre de 2008

Amuletos

Cuando estaba casado reprobaba que mi hijo viera tanta televisión. Y luego "jugando" tanto nintendo seguido. Una de mis frases más “witty” —tal vez según mi amiga Josefina es una frase muy al estilo de Fraiser— que enmarca maravillosamente la reprobación fue: “Naturaleza muerta con niño jugando nintendo” o “Naturaleza muerta con niño viento televisión”. Como sea.

Y nunca he escrito de ello. Seguramente es una proyección —gracias Perls— pero cuando veo a una persona enajenada con su teléfono celular me lleno de tristeza. No sé si mi hijo se abstraiga tanto con su chunche electrónico, hay veces que yo mismo lo hago, pero él es un adulto así que confío en que él sabrá. Pero -escribía- que me llena de tristeza esas naturalezas muertas de casi todos lados en La Ciudad de México. Desde luego las imágenes que abundan son de jovencitas y jovencitos. Juntos o separados. Tengo la percepción de que una date hoy en día entre adolescentes conlleva —necesariamente— el presumir los respectivos móviles y uno que otro besito “bluetooth”.

En mi infancia, adolescencia y edad adulta siempre vi a mi padre leer. No fue un padre ausente. De él obtuve un gusto enorme por la lectura. Mi casa paterna tiene una biblioteca formidable. Sobre todo de literatura e historia. El primer libro que me compré fue una antología de ciencia ficción. Creo que fue en quinto de primaria. Ahora que lo recuerdo y escribo me doy cuenta de que no lo tengo conmigo. Tal vez a fin de año lo vaya a buscar a la que fue mi recámara. Recuerdo que cuando lo llevé a casa mi padre le escribió: “El primer libro que Alejandro compra por sí mismo”. Ese libro fue un puñado de cortos cinematográficos sin pantalla. Espero no haberlo regalado. Me asusto con la idea. Regalar cosas mías fue una estupidez que cometí cuando me divorcié. No. Estupidez no. Una pendejada. Lo que quiero escribir es que el gusto a la lectura lo obtuve de ver a una figura masculina muy importante dedicándole horas y horas a diversos libros. En la sala o en la veranda de la casa paterna. En la biblioteca, claro está. En su despacho. Al esperar al dentista. Recuerdo que con el reverso de calendarios viejos de pared forraba sus libros recién después de comprados. Sin cinta adhesiva. Yo también aprehendí eso de mi padre.

Uno de mis compañeros del grupo terapéutico de hombres al que asisto me platicó de los morrales de amuletos. Definitivamente mi morral parental tiene un libro por parte de mi padre. Una primera edición de “100 años de soledad”. Por parte de mi madre tengo una licuadora maravillosa. Inspirado por mi madre escribí el siguiente texto:


Así huelo.
ALEjandro Guerra Aguilera


Cuando niño, los sábados le ayudaba a mi Mamá a cocinar. De sus pródigas manos sólo salían manjares: fruta de pollo, jalea de membrillo, pastel “Mai Onno”, mamey convertido en nieve, chongos enamorados de canela, lomo de cerdo salseado en papa, gelatina de jerez y vanilla, fideo seco con queso, capirotada, pastel de oscuro chocolate.


Ahora, en mi nueva vida, yo cocino para mí. Para mi gusto. También para agradar a otras personas y así celebrar el hecho simple de estar vivo. No sólo me alimento: busco cocinarme algo que se parezca a lo que he probado procurando la novedad. ¡Cómo recuerdo aquel experimento que de niño hice con huevo y frijoles y jamás probé! Años después supe que a ése experimento mío del Bajío Guanajuatense les dicen “huevos aporreados”, ¡si supieran mis hermanos Jarochos que yo fui el aporreado!


Cuando preparo algo de comer, procuro infundirle toda mi intencionalidad amorosa de ése instante. “¿A qué huele, qué le falta, ya está?” Es lo que me surge en mi contacto con lo que voy creando y cocinando. A mi señora madre le bastaba con oler para percibir la sazón de lo que preparaba. Cuando metía la cuchara y se servía en su palma un poco de ésa sustancia humeante sólo era para comprobar su afinado sentido del olfato. Y del gusto. Intento hacer lo mismo.
Me doy cuenta de que ahora, cuando cocino, le rindo homenaje a ésas mañanas sabatinas entre zanahorias y cernidores, recetas y sabores, consejos y corazón.

Sea este un homenaje a ambos.

martes, 23 de septiembre de 2008

Hildra y Tomás

Esa noche cuando Tomás se sentó frente al volante de su camión, le pidió a Dios el favor de llegar con bien a su destino. Le apasionaba conducir grandes vehículos. Ésa semana laboró en el tercer turno. A sus 49 años poseía una vista privilegiada y le daba gusto presumir que podía conducir de noche sin esforzarse: “Yo no tengo la vista cansada…” no se fatigaba de repetir a quienes le hacían algún comentario alusivo. Su próxima parada era la Terminal de autobuses del norte.

Tomás era divorciado. Se supo que tuvo varias novias pero no encontraba ninguna compañera con quien durara más de un año. “Estos tiempos son otros” solía decir al suspirar. Lo que no sabía es que esa madrugada estival se encontraría con la hembra de su vida.

Desde el día anterior Hildra estaba harta. Fastidiada de la comida y del aislamiento en el que se encontraba hace varios meses. Tenía 45 años. No había querido probar alimento. Ni los cacahuates japoneses sabor limón -sus favoritos- habían logrado levantarle el ánimo. A su edad era una virgen monumental. Lo que ella igualmente ignoraba es que poco después de la medianoche encontraría al hombre de su vida.

En la mañana del martes 23 de septiembre los periódicos de La Ciudad de México y del mundo equivocaron terriblemente la noticia de una colisión. Nadie supo que una antiquísima ceremonia del hinduismo siempre reúne a las almas gemelas de dos seres que están destinados a encontrarse toda la vida. Inclusive a costa de sus vidas. No importa si uno es un ser humano y la otra una elefanta. El amor jamás es poca cosa.

Nota en El Universal.

viernes, 12 de septiembre de 2008