lunes, 23 de junio de 2008

Entre semana la lluvia

Estoy en mi casa esta tarde. Llovió y ahora escampa. Percibo un fuerte olor a plumas mojadas. El viento se lleva las nubes abandonando al cielo azul. ¿Qué quiero hacer? Salir.

Salgo a la calle. Hoy no treparé mi árbol favorito, ese trueno de ramas que sostienen el firmamento. ¿Qué quiero hacer? Jugar. ¿Con quién? Con Jorge, el niño que vive en la esquina.

Doy vuelta a la cuadra y llego a su casa. Toco la puerta y pregunto por él. Espero de pie sin entrar, vestido al gusto de mi mamá, sin mi uniforme de primaria.

Jorge sale y cierra la puerta. No sabemos qué hacer. No es sábado para pensar en jugar toda la mañana. Tampoco es buena idea usar el patín del diablo ni cosas con ruedas. Sólo nos queda la calle.

De pronto, me vuelvo para comprobar que el charco frente a su casa me jala, demanda mi atención: tengo una epifanía. Desciendo la banqueta perturbando con mis zapatos la tranquilidad de la ciénega sepia. Me agacho. Mis manos saludan al agua y me dejo caer. Me revuelco, me abandono, me olvido. Ahíto de lodo, perdono la tarde y todas sus nubes. Perdono que hoy sea entre semana. Perdono, por adelantado, a mi mamá mientras la veo llegar. Ella grita. Yo no la oigo, ordena que me levante y, jalando mi oreja, me lleva a casa. Mueve los labios como si hablara, parece que algo me dice pero no la escucho. Permanezco extático. Aún estoy en la frescura del barro original.

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