jueves, 26 de junio de 2008

Homenaje a Juan Rulfo

palomas
                    pausas
                                        en los tejados
la tarde se llena de alas



en el campo
                         viento
desde la ceja de aquél cerro hasta la de aquél otro
todo lo que abarca el eco
                                                  la mirada
la Media Luna
                                        corriendo por el cementerio
mi voz iluminada
                                             por los portales
en el atrio de la iglesia
                                                  aparecen unas viejas
chismean
                                   a mi espalda
doblando la esquina
                                        rumores
desgastadas voces
                                            por las piedras
me detengo
                                   pienso en el pueblo
detenido por mis pensamientos


voces
                    pueblo de voces
de ecos
                    de murmullos
pueblo poblado
                              de murmullos de ecos de voces
pausas habitadas
                                   de silencios


pasa un entierro
                                        por las calles de mi memoria
alguien reza
un padrenuestro
alguien
no existe
el entierro se desdibuja
el silencio habita
                                                  la tarde
                                                                           se habita de noche
la luna abre puertas
cierra ventanas
el pueblo
se llena de ánimas y rebozos




escribo
calor
               y avanza
acá
               arriba
ahí
                    abajo
                                               la página se incendia
humo
                         en el instante
                                                                 el maíz madura amarillo
en la llanura verde
más allá de la Media Luna
más allá de la medianoche





cae el cielo
                              en el calor
nadie habita mis pensamientos
                                                                 quema la memoria
por el empedrado
                                        truena el cielo
llega la primavera
                                             nadie escucha
hace mucho que este pueblo no existe

miércoles, 25 de junio de 2008

Película: "Reconstrucción" (Reconstruction)

Jag älskar dig o cómo decir Te quiero en el preciso momento de la RECONSTRUCCIÓN.

Película dirigida por: Christoffer Boe
Con: Nikolaj Lie Kaas, Maria Bonnevie, Krister Henriksson
Género: Drama
País de Origen: Dinamarca

Año: 2003

reconstrucción.
1. f. Acción y efecto de reconstruir.

reconstruir.
(Del lat. reconstruĕre).

1. tr. Volver a construir. 2. tr. Unir, allegar, evocar recuerdos o ideas para completar el conocimiento de un hecho o el concepto de algo.


Un hombre corriendo apresuradamente. El teléfono del café no sirve. Fotografías repetidas de ciudad desde las alturas. Humo de cigarro. Un anillo en la hermosa mano de una mujer. La noche. Una cita.

El es Alex, un fotógrafo quien no quiere seguir la sobremesa con su padre. Y escapa al contacto de la mano de su novia Simone. Ella sonríe y lo cuida. Ella lo ama a pesar de que él por sí mismo no se lo dice. Ella escribe una nota y la desliza furtivamente en su abrigo.

El nombre de ella es Aimée mujer de ojos profundos azules y pausada voz encantadora. Aimée es la joven esposa de August un exitoso escritor quien la desatiende. August escribe sobre el amor y al hacerlo bosqueja, sugerentemente, el rumbo de la película —narrando— con matices precisos el encuentro de Alex y Aimée.

Siempre habrá un adagio de cuerdas, listo para entrar en escena cuando algo irremediable ha ocurrido, cuando todo se derrumba en el subibaja del amor y un sentimiento de desolación invade la garganta, nubla los ojos: vive en un suspiro.

El amor flota en la frontera que une y separa la vida y la muerte.

La noche se abre, enorme, silenciosa y granulada para abrigar a dos cuerpos amantes.

Alex necesitará vivir en carne propia un sueño terrible, y a partir de allí ensayar con personajes repetidos. Proyectados en los escaparates de su vida. Alex no está solo ignora que lo acompaña la narración de August. Alex estará obligado a vivir lo imposible: ver en otra mujer lo que su novia tiene o —peor aún—: ignorar lo que otra mujer tiene en su novia.

He aquí el inicio de la paradoja que mantendrá a Alex en suspenso por veinticuatro horas. ¿Es posible amar profundamente a dos mujeres distintas? o bien ¿es posible que dos mujeres amen a un mismo hombre? Quizás esas dos mujeres no sean sino una sola cada una la proyección de lo que Alex no ve en la persona real. Pero no lo sabe.


La nota que Simone escondió en el bolsillo del saco de Alex, ¿servirá para traerlo de regreso?, ¿será el camino de letras que Alex tiene que recorrer para integrar en su propia vida su sueño pero en sentido opuesto?

August, dentro de su oficio de escritor, sabe que la respuesta la tiene la última mujer: la única. La que se refleja en las vitrinas, la del día de ayer que es la misma del día de hoy y sin embargo es otra.

Alex a pesar de que duda en un momento decisivo: ¿sabrá a tiempo esta escisión de Simona y Aimée?, ¿superará la prueba?, ¿será lo suficientemente fuerte como para sacudirse de sus apegos?, ¿se arriesgará?, ¿de qué se dará cuenta?

Es temprano de mañana, mientras Alex por fin se ha despedido —de Aimée o de Simone, ¿qué más da la diferencia, de haberla?— a noche antes granulada, silenciosa y enorme se cierra, para luego expeler a dos cuerpos, antes amantes.

En este filme, todo es reconstrucción, ficción… y no por ello menos doloroso.
Ficha de la película en IMDB.

lunes, 23 de junio de 2008

Entre semana la lluvia

Estoy en mi casa esta tarde. Llovió y ahora escampa. Percibo un fuerte olor a plumas mojadas. El viento se lleva las nubes abandonando al cielo azul. ¿Qué quiero hacer? Salir.

Salgo a la calle. Hoy no treparé mi árbol favorito, ese trueno de ramas que sostienen el firmamento. ¿Qué quiero hacer? Jugar. ¿Con quién? Con Jorge, el niño que vive en la esquina.

Doy vuelta a la cuadra y llego a su casa. Toco la puerta y pregunto por él. Espero de pie sin entrar, vestido al gusto de mi mamá, sin mi uniforme de primaria.

Jorge sale y cierra la puerta. No sabemos qué hacer. No es sábado para pensar en jugar toda la mañana. Tampoco es buena idea usar el patín del diablo ni cosas con ruedas. Sólo nos queda la calle.

De pronto, me vuelvo para comprobar que el charco frente a su casa me jala, demanda mi atención: tengo una epifanía. Desciendo la banqueta perturbando con mis zapatos la tranquilidad de la ciénega sepia. Me agacho. Mis manos saludan al agua y me dejo caer. Me revuelco, me abandono, me olvido. Ahíto de lodo, perdono la tarde y todas sus nubes. Perdono que hoy sea entre semana. Perdono, por adelantado, a mi mamá mientras la veo llegar. Ella grita. Yo no la oigo, ordena que me levante y, jalando mi oreja, me lleva a casa. Mueve los labios como si hablara, parece que algo me dice pero no la escucho. Permanezco extático. Aún estoy en la frescura del barro original.

martes, 17 de junio de 2008

La fragilidad masculina.

A pesar de que vivimos hombres y mujeres en una sociedad que se caracteriza por sus rasgos paternalistas, machistas, falocráticos y sexistas, es alto el precio que se paga por ser “hombre” en el sentido “tradicional” de la palabra.

Aún desde antes de nacer la enorme mayoría de los padres y madres esperan tener un primogénito. Un varoncito. El cuerpo del varón es distinto al de la mujer y esto condiciona también su actitud y vivencia frente al mundo (Sanz).

Nuestra sociedad patriarcal occidental interpreta y valora las diferencias naturales (corporales externas e internas) de manera sexista privilegiando el cuerpo del varón y otorgando simbólicamente a sus genitales un poder social. Así se inicia un proceso de socialización que va invistiendo al varón de lo que se considera “masculinidad”. O sea el conjunto de valores, actitudes y comportamientos (grupales e individuales), distintos de los “femeninos”.

Escrito de otro modo, esta superioridad con la que se le educa, ocurre por el sencillo hecho de haber nacido con un pene y no con una vagina; y ocupa diversos ámbitos de su vida incluyendo por supuesto la sexual.

La simbolización del poder masculino a través de sus genitales estructura también gran parte de la autoestima del hombre. El “qué bien armado está este niño” que frecuentemente se comenta como halago ante un recién nacido, recoge este valor y va desarrollando fantásticamente a lo largo de la vida la estima masculina en torno a su “arma” grande y potente (Sanz).

Desde allí la sexualidad del varón es genital a diferencia de la sexualidad de la mujer que es global pero esa es otra historia.

El encuentro con otros varones es vivido desde una posición de iguales que están en competición. De ahí que el tamaño o potencia de los genitales sean vividos subjetivamente como factor de éxito (Sanz).

En nuestra sociedad, se inscribe la competencia como un valor netamente masculino, entre otros. Los hombres continuamente están en competencia con otros hombres. En todos los terrenos. “Juan tiene más viejas que tú” es una expresión común entre hombres. La competencia y superioridad es de carácter fálica, y en ciertos casos el falo es una expresión metafórica. –“Mi auto tiene 8 cilindros y el tuyo apenas llega a los 4”, – “Mi iPod es de 60 gigas” son expresiones que denotan superioridad y competencia.

Los hombres viven bajo una tensión cotidiana: demostrar que lo son. En cambio las mujeres no ponen en duda su feminidad. De ahí deviene que un insulto grave para un hombre sea precisamente cuestionar su masculinidad.

El hombre evita a toda costa “parecer marica”, “afeminado” o “joto”. Expresiones como “Soltero y maduro puto seguro” dan cuenta de ello. El hombre nunca “echará reversa” –no se lo permite a sí mismo-. El hombre deberá de serlo y demostrarlo aún a pesar de sí mismo.

El hombre para serlo tiene que cumplir con las tres “efes”: debe ser feo, fuerte y formal. Medias tintas no pertenecen a la hegemonía masculina. Tanta exigencia que el hombre carga –consciente o inconscientemente- pesa, le pesa, cuesta, le cuesta. Cuesta trabajo ser hombre.

La identidad masculina nace de la renuncia a lo femenino, no de la afirmación directa de lo masculino, lo cual deja a la identidad de género masculina tenue y frágil (Kimmel).

La masculinidad requiere de tres imperativos básicos que provocan una profunda ansiedad en el varón: fecundar, proveer y proteger, los cuales requieren, a su vez, de tres formas de comportamiento: competencia social, autonomía y actuación pública. Para alcanzar su estado ideal, el varón tiene que separarse del mundo de las mujeres y delimitar su propia actuación al separarse de su madre y de su esposa. Por eso son tan importantes las instituciones sociales encargadas de retirar a los niños y los jóvenes del mundo femenino (Gilmore).

Entonces el hombre reduce su sexualidad a sus genitales, mismos que no ocupan más del tres o cinco por ciento de su piel. Descuida así el órgano sexual más grande que tiene el género humano: la piel. Siempre vive preguntándose si el tamaño de su pene es “normal”. Casi obsesivamente examinará una y otra vez si el tamaño de su miembro es lo suficientemente grande para hacer a su pareja gozar. Como si el gozo de su pareja dependiera exclusivamente de él.

No hay que perder de vista la enorme carga que el hombre lleva sobre sí. Curiosamente esta carga afecta al pene a su “arma” supuestamente grande y potente.

Aquí está un círculo vicioso: el hombre tiene que ser hombre, ser fuerte, fecundador, proveedor, protector. Tiene que demostrarle a otros —y a sí mismo— que tiene un pene potente y fuerte. Y en terreno para demostrarlo es el de las relaciones sexuales. Pero tanta carga impide la erección o propicia una eyaculación veloz. Por lo tanto su vida sexual tiembla. El hombre tiembla pero no lo puede aceptar. Desde pequeño aprendió a no demostrar debilidad. ”Sólo las viejas se rajan” — se dice y así perpetúa su círculo vicioso su propia enredadera nociva.

Los problemas de Disfunción Eréctil tienen un fuerte componente Psicológico si no hay condiciones orgánicas (diabetes) o medicamentos que influyan en el sistema nervioso central. Los problemas de Eyaculación Precoz tienen un componente Psicológico en el 90% de los casos.

Las buenas noticias de estos problemas que afectan hondamente la frágil autoestima del varón, es que al tener un componente psicológico, una psicoterapia reeducativa —como la Gestáltica— podrá ser de gran ayuda. Parto de que mal que mal, hombres y mujeres hemos aprendido a disfrutar de nuestra vida sexual, la cual está influenciada por la educación que recibimos así como por las actitudes y mensajes que aprendimos en nuestras familias de origen –entre otros factores-. Y parto de que siempre podemos aprender.

Así, cuando la duda se instala en el miembro fálico o sus alrededores, acaba afectando a toda la persona (Mimoun).

Lo anterior gracias a una educación sexista inadecuada. Mientras estemos vivos, mujeres y hombres podemos modificar o terminar aquello que nos estorba. Mientras estemos vivos podremos des-aprender, re-aprender. Buena noticia.


Bibliografía
  • GILMORE, David. “Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad”. Editorial Paidós.
  • MIMOUN, Sylvain y ÉTIENNE Rica. “Sexo y sentimientos. Versión hombre”, Editorial De Vecci.
  • KAPLAN, Helen. “La eyaculación precoz. Cómo reconocerla, tratarla y superarla”, Editorial DeBolsillo.
  • KIMMEL, Michael. “Masculinity as homophobia. Fear, Shame and Silence in the Construction of Gender Identity”. Thousand Oaks Sagan Publications
  • SANZ, Fina: “Psicoerotismo femenino y masculino. Para unas relaciones placenteras, autónomas y justas”, Editorial Kairós.

lunes, 16 de junio de 2008

Mi Vivencia Desnuda en el Zócalo.

Las primeras palabras de mi vivencia, –que para mí hoy día es La Vivencia- fueron: “Reveladora, Poderosa, Transformadora, Integradora, Confirmadora…”. En la mañana del lunes 07, los periódicos capitalinos destacaban la mayor concentración de personas participantes en los desnudos masivos de Spencer Tunick. Al leer la nota, lloré emocionado. La cifra va de 18 a 20 mil personas. “Yo estuve allí, yo participé, viví el estar desnudo junto a otras y otros miles…”

Mi epifanía es que la ropa me oculta o me revela: es mi carga rólica genérica cotidiana. Me visto como estudiante, como terapeuta, como cliente, como empleado o como deportista. Uso mi ropa como máscara, me doy cuenta de ello. Consciente o inconscientemente, me visto para manipular. La vestimenta se utiliza para censurar igual que para acentuar el propio cuerpo, favorece las relaciones objetales. Pero mi cuerpo es hermoso, lo voy sabiendo un poco más cada día. Mi cuerpo: yo mismo, ejemplo de la vida que vivo y he vivido.

En el Zócalo de La Ciudad de México, me desnudé por completo. Atrás dejé mis llaves, identificaciones, credenciales y tarjetas de crédito: simples plásticos. Abandoné mi ropa, mi teléfono celular –avatar posmoderno- y mis prejuicios. Desnudo yo: de pie, acostado o en posición fetal, junto con miles de otras y otros, solo fui una persona. De igual a igual traté, tratamos todas y todos. Con absoluto respeto. Con calidez. Miré y observé aceptante. Nadie se burló de nadie. Aplaudimos. Porras a la UNAM nuestra universidad, La Universidad de este continente. Gritamos. Guardamos silencio también. Fui y fuimos pura presencia en la mañana del sexto día de Mayo de 2007.

A mi izquierda –afectiva y rebelde- había una amorosa pareja gay masculina. Nadie los señaló, no había nada qué esconder, nada que evitar, ¿el amor se debe esconder?, ¿pesa más un culto a la violencia, al abuso, a la incongruencia que una simple existencia desnuda?

Me confundí con muchos miles de otras y otros en la sede de tres poderes de mi País: La Iglesia Católica, el Palacio Nacional y el Edificio del Gobierno del Distrito Federal, nuestro pequeño Territorio Santo, como el Jerusalén santo para el Judaísmo, Cristianismo e Islamismo y su zona de conflicto. Y en esa confluencia multitudinaria, varias fueron las consignas que gritamos todas y todos en distintos momentos: “¡Ahora sí Norberto, vas a ver, vas a ver!”, "¡Aborto sí! ¡Aborto sí! ¡Aborto sí!", “Norberto Rivera: ¡México se encuera!”, “¡Voto por voto, casilla por casilla!”, “Norberto Rivera: mi culo está de fuera”, “¡No al aborto!”, “¡Pinche gobierno de mierda, entreguista!”, “¡México, México, ra, ra, ra!”.

Me resultó cómodo y familiar desnudarme. Le temía más al frío que a exponerme. Le temía más a ser separado de mis amigas y amigos. En la primera posición –de pie- pude percatarme de que entre las casi doscientas personas que estaban más cerca de mi campo visual y semántico, sólo dos hombres tenían una erección. Mi contacto en ésa confluencia desnuda no fue de excitación, sino de seguridad y confort. Al cambiar a la segunda posición –acostado boca arriba-, hacia el hasta bandera solitaria y solidariamente desnuda, me sumergí en una realidad azul. Apenas rompía la mañana y yo de cara a un cielo limpio, y de espalda a un suelo frío de piedra milenaria. Al cambiar a la tercera posición –la fetal, la más difícil- me doblé lo más que pude para convertirme en un pequeño ovillo humano.

Mujeres de todas. Delgadas y gordas. Jóvenes y de edad avanzada. De grandes pechos o exiguos. De abundante vello púbico y no tanto. Con tatuaje y sin él. Algunas con estrías y otras no. Con cabello pintado o no. Altas y diminutas. Una mujer embarazada me maravilló y naturalmente me dejé sorprender al ver a otra mujer que en ése momento comenzó a menstruar.

Hombres de todos: flacos correosos y gruesos panzones. Pelones, melenudos y no. Morenos y altísimos. Con aretes y no. Piercing en pezones. Inclusive un hombre de capacidades diferentes –pero en desnudez fraternal- en su silla de ruedas.

Carlos Marx se equivocó. La sociedad sin clases sociales no tiene que ver con cuestiones financieras o económicas. La sociedad sin clases sociales es la tribu que hicimos todas desnudas y todos desnudos.

En aquel paraíso terrenal, no hubo pena alguna. Génesis: “Tanto el hombre como su mujer estaban desnudos, pero ninguno de los dos sentía vergüenza de estar así”.

Casi al final del evento a los hombres nos separaron de las mujeres. Se nos agradeció nuestra participación e indicó que ya podríamos vestirnos. Sin saber lo que vendría ellas felices, entonaron un mismo grito: “¡Hombres fuera!, ¡hombres fuera!”. Me pareció una desición sumamente desafortunada esta separación, ahora nosotros con ropa y ellas desarropadas. La sesión de fotos continuó, pero sólo con ellas. Algunas decidieron retirarse, otras se quedaron. El sol subía como saliendo del Templo Mayor. Entre tanto algunos hombres ya vestidos, corrían a llevarles ropas a ellas aún desnudas. No faltaron las fotos de cientos de teléfonos celulares. Seguramente debimos de parecerles amenazantes a ellas. Quebramos el paraíso. Algunas mujeres iban de prisa esquivando a tanto vestido y a ellas les aplaudí: no había razón de causarles pena y vergüenza inútilmente.

Regresé completamente fatigado, extenuado a mi casa. Todo yo me dolía, como si hubiera corrido o nadado hasta el cansancio. No solo fue la desvelada ni fresco de la mañana: fue el peso de una vivencia intensísima e inenarrable.

Ya no me veo igual a mí mismo. Tampoco veo igual a las otras y otros con quienes convivo –en diferente magnitud- día con día. Este ver a otra, a otro, desde el centro mismo de la desnudez persona a persona, lo he logrado en contadas situaciones cuando me pongo mis lentes de terapeuta y así veo a la persona que acude a mí, en busca de apoyo.

Hoy anhelo un contacto desnudo –quizás lo más cercano a la relación yo-tú Buberiana- donde no importe lo que tengo o lo que carezca. Donde el estar respetuoso, aceptante, cálido y amoroso sea la Relación. Atrás mis prejuicios, etiquetas, títulos y datos. Atrás mi ropa de presunto “civilizado”.
Adelante sólo las personas.

viernes, 13 de junio de 2008

¿Qué es ser mujer?

Hoja en blanco. Madrugada. Ojos que se abren y ven muchos otros abrirse; cerrarse también. Ímpetu y diligencia. Oportunidad de componer al universo y crear otro mayor. Amanecer. Tutora, consejera, guía, facilitadora, mentora, maestra: madre. Infancia. Destino. Puerto de abrigo, arribo, arraigo. Razón de las elegidas y los elegidos. Tierra prometida. Musa que mueve. Falda que baila. Bandera de cielo. Miríadas de manos. Atesora conocimientos arcanos que no se han escrito aún. Virgen y bruja. Penélope y Lilith. Minerva Atenea y Marcela Pastora. Más bella que el sol. Sólo su pecho guarda el enigma del plenilunio por duplicado. Líder. Heroína. Árbol al mediodía para la libertad. Cautiva y generosa a veces sangra. La culpa la asecha pero si pausa su camino y voltea, con su mirada la convierte en un montón de ceniza. Hierve tranquila. Destejedora y sueña. Hermana esquiva. Saeta de pies ligeros. Devota y perenne; sexual: sus nalgas redondas son el logos del mundo. El mar le escribe en la playa. Su cuerpo continuamente rinde frutos: una flor de luna, un hechizo sonoro, una afrenta antigua, un rotundo no, una sonrisa de piña. Atardecer. Su nombre es un puente colgante que vuela y detiene: Remedios, Soledad, Amparo, Consuelo, Lidia, Auxilio, Socorro. Juana de todos los arcos y Rosa de los vientos. Canción y poema. Corazón que arde y separa el veneno del pan. Multiplica bendiciones. No necesita sotana para ser diosa, deidad o nube, porque es lluvia que no escampa. Dadora de vida —ahíta— cuestiona también la propia; crea e interrumpe. Elige siempre y decide bien: María Sótano de golondrinas: ombligo de alas y aleaje. Precipicio y balcón. Beso precipitado. En su cabeza hay una llamarada, con ella ilumina la caverna de nuestra conciencia. Las abuelas son una caricia tardía. Anochecer.